El trato familiar y cotidiano de la Palabra de Dios en el Oratorio

Empecemos recordando lo que ya habría de ser algo suficientemente conocido por nosotros con suficiente claridad: la naturaleza del Oratorio, algo de su historia y desarrollo, sus características centrales, su finalidad específicamente religiosa, su real distinción y diferenciación con la Congregación del Oratorio y al mismo tiempo su estrecha vinculación.

Todos estos momentos y rasgos son un amplio prólogo para centrarnos en la consideración contextualizada del “trato familiar y cotidiano de la Palabra de Dios en el Oratorio.

El Oratorio, es ese ejercicio devoto, piadoso, que iniciara con la persona misma de San Felipe una vez ordenado sacerdote y establecido en San Jerónimo de la Caridad.

El Oratorio es pues, en primer lugar, un ejercicio, una práctica apostólica de San Felipe, ya fuera con un grupo reducido de personas selectas (en su recámara primeramente y más tarde en la estancia superior del templo, destinada a granero) de entre los fieles más devotos a sus sermones en el templo, y éste último se entiende como el: Oratorio grande.

En esa actividad o ejercicio piadoso, a manera de conversación entre los participantes, se integraban diferentes elementos (alabanzas, música, narración de vidas de santos…) entre los que ciertamente se reconoce: el trato familiar y cotidiano de la Palabra de Dios.

Lo de “familiar” hace referencia al estilo con que era tratada la Palabra de Dios (sencillez, cercanía, afecto…) en tanto que lo de “cotidiano” hace referencia a la frecuencia de las reuniones.

También se entiende por Oratorio (por extensión del concepto) tanto el lugar en que esas reuniones se tenían, como igualmente  el grupo de personas que en esas reuniones y lugar se concentraban.

UN POCO DE HISTORIA

Si la primera simiente del Oratorio tiene su origen con las primicias del sacerdocio del Padre Felipe (del 1551 y en los pocos años siguientes), la definitiva consistencia del Oratorio se puede colocar entorno al 1555. Una vez que fue en crecimiento el número de los participantes, se dio el traslado de esas reuniones a la estancia que era usada como granero por los moradores de la confraternidad de la Caridad en San Jerónimo, en la nave derecha del templo: Esto ocurrió en el año de 1558, es decir, cuando Felipe fue admitido a integrarse establemente como parte de esa comunidad sacerdotal. La fecha del nacimiento, por lo tanto, de lo que ahora será comúnmente llamado como “el Oratorio” (en sus dos formas o expresiones): El Oratorio pequeño y el Oratorio grande. El arco del tiempo que va del 1551 al 1559 es el recorrido del inicio mismo, su progresiva configuración, desarrollo y establecimiento definitivo, su fisonomía y sus notas características propias.  Son numerosos los testimonios que sobre estas fechas se indican en distintas fuentes.

Así las cosas, puede decirse, con bases históricas en las fuentes, que el Oratorio inició en San Jerónimo de la Caridad con el inicio mismo del Ministerio sacerdotal del P. Felipe; tuvo un tiempo de desarrollo y de asentamiento, hasta poder decir que en el 1559 ya era una práctica devota bien instituida y reconocida por los abundantes frutos en el crecimiento espiritual de sus más asiduos participantes.

El Oratorio tuvo pues, su contexto histórico de nacimiento y primer importantísimo desarrollo y estructuración definitiva, en el pontificado de Paulo IV, en un clima rigurosamente reformador.

LA FISONOMIA DEL ORATORIO

La fisonomía del Oratorio en sus primeros y esenciales rasgos, mismos que iban modelándose por el mismo padre Felipe y sus hijos espirituales en San Jerónimo de la Caridad, puede escribirse del siguiente modo:

a) La primera y esencial característica relevante es el aspecto netamente religioso.

Es importante mencionar ese carácter eminentemente religioso del Oratorio, como “escuela de espiritualidad” y no como una realidad dirigida a promover obras de misericordia, obras de caridad. San Felipe orienta ciertamente sus hijos espirituales a realizar diversas obras de caridad, a la visita a los hospitales, y ellas serán una práctica que se vuelve habitual entre los asiduos al Oratorio. Sin embargo, la práctica de las obras de misericordia corporal no puede ser considerada como un objetivo directo e inmediato del Oratorio, sino más bien como la consecuencia de una coherente profesión cristiana. Esas prácticas significaban para los hijos espirituales del P. Felipe un ejercicio de mortificación. Pero está claramente definido que desde su nacimiento el Oratorio filipense se presenta como una institución orientada más a la asistencia de las almas que a las físicas. Más aún, esta práctica de obras de caridad está en directa conexión y dependencia de aquella (la espiritual). Lo que caracteriza desde el principio el Oratorio es, pues, su clara finalidad religiosa, manifestada por un esfuerzo asiduo y cada vez más sincero sentir cristiano en la relación con Dios, en la oración y en la práctica sacramental y en el testimonio evangélico en el vivir cotidiano. Todo lo demás –actividad catequística, obras de caridad, elección de estado de vida- vendría como una derivación posterior, como fruto maduro del árbol. Hablar de autenticidad cristiana es quizás demasiado poco para designar el programa del Oratorio. Con el remarcar la naturaleza y característica primera del Oratorio orientada al aspecto espiritual, religioso, no se podría concluir que fuera una actividad espiritualmente egoísta, intimista, romántica, individualista, pues todas las obras de caridad y de misericordia que sus practicantes realizaban, muestra cómo ese desarrollo y crecimiento espiritual se expresaba en la práctica del actuar, del atender con solicitud a las necesidades corporales del prójimo: Visita a los hospitales, atención a los peregrinos, vista a las cárceles…Pero queda bastante claro, que lo segundo es consecuencia de la autenticidad y de la validez de lo primero, pues una vida espiritual auténtica desboca en una coherencia práctica con la caridad que actúa en bien de las necesidades del prójimo.

b) Justamente por esta naturaleza específica (la atención y alimento espiritual), el Oratorio es una acogida de por sí abierta a quienquiera; sin embargo muy pronto se cae en la cuenta de que, precisamente por sus peculiares características, el Oratorio no está hecho para todos indiscriminadamente. No lo es, por ejemplo, para los desprovistos de al menos las elementales nociones de doctrina cristiana, para gente inculta. El Oratorio presupone en los participantes una previa iniciación y camino en la formación del individuo cristiano, junto con el evidente deseo de la búsqueda de la perfección, como el ideal posible de ser alcanzado en cualquier estado de vida que sea.

c) En el amor de Dios se establece el vínculo sobrenatural, sustitutivo de toda regla escrita. Es precisamente por este vínculo sobrenatural que el núcleo filipino será configurado como un tipo ideal de una auténtica sociedad cristiana. Con el correr de los años, la fisonomía y la función del Oratorio se fijarían cada vez más sobre aquél arquetipo de la Iglesia naciente.

d) El ministerio de la confesión, “primer principio y fundamento de su obra” ministerial (de Felipe Neri sacerdote) encontraba su prolongación en el “cotidiano y familiar ejercicio de la Palabra de Dios”, y éste es el instrumento indispensable “para introducir y mantener vivos los otros dos medios, es decir la frecuencia de los sacramentos y la práctica de la oración”. El ministerio de la Palabra se ejercita en el modo familiar y atractivo, aunque si por su singularidad parece tal vez identificar la institución misma, no es sino un medio, genial en el medio y altamente provechoso, para acercar las almas a la participación sacramental, a la práctica de la oración y a las obras de beneficencia.

la-palabra-de-dios-es-familiarEL PRIMER ORATORIO

Para este momento de la historia, entre los años 1554 y 1558 aproximadamente, el Oratorio está completando su evolución del estado embrional, a aquél  del establecimiento bien definido en su estructura exacta. Para comprender la verdadera fisonomía no ayuda mucho la literatura existente, por la frecuente confusión que fácilmente provoca la diversa acepción de los términos. Inclusive algunas descripciones tardías de antiguos testimonios, entusiastas y nostálgicos, aunque concuerden en la sustancia, con frecuencia disienten en los detalles, en la sucesión y en la distribución de las partes. Es solamente con el examen atento de los documentos antiguos más autorizados, estudiados y organizados cuidadosamente, como se llega al establecimiento originario y a tener una idea más precisa de lo que fue el Oratorio.

En los primeros encuentros vespertinos en el techo de San Jerónimo se pueden reconocer y clasificar en bosquejo los variados elementos que poco a poco van organizándose sistemáticamente. Esos son: la lectura preliminar y la conversación sobre el libro, las reflexiones, los diálogos, las preces, las alabanzas. Más tarde se suman los paseos al abierto, los cotidianos encuentros vespertinos con oraciones mentales y vocales, las visitas festivas a los hospitales.

El primer proceso de afianzamiento se da con la distinción de dos formas de Oratorio, en un inicio complementarias pero luego cada vez más diferenciadas, aunque nunca ajenas la una a la otra, y entrambas mencionadas con la misma designación: El Oratorio grande y el Oratorio pequeño.

Habiendo aumentado notablemente el número de los que frecuentaban el encuentro vespertino, lo que en el principio era un círculo doméstico se convierte en una asamblea heterogénea y anónima, donde ya no se perciben rostros conocidos. El peculiar modo de ofrecer la palabra de Dios, espontáneo y fácil, la participación activa de los presentes y también la variedad de las prácticas piezas musicales, todo ello explica el atractivo y el éxito por el cual se hace necesario ocupar el templo. Justamente entonces la reunión vespertina toma una fisonomía particular, aquella que principalmente dará fama a la iniciativa y por la cual muchos la identificarán. El así llamado Oratorio “grande” o “del templo”. Ese es el que, en la práctica, constituirá el principal objeto preciso y la primera razón de ser de la futura Congregación, en cuanto campo específico para el ejercicio de la palabra de Dios. Las Constituciones del 1612 le dedicarán un capítulo entero, el tercero.

Mientras “el ejercicio del día”, el Oratorio grande, venía configurándose y definiéndose para servir a una recepción o acogida cada vez más numerosa e informe, la práctica de la tarde (el Oratorio pequeño), bien sistematizada ya en meditación y oración vocal, queda más dedicada al grupo estrecho de los más asiduos y cercanos. El Oratorio pequeño o de la tarde (de todas las tardes, excepto el sábado y el domingo) y del matutino festivo. Este adquirirá muy lentamente la consistencia de un organismo ordenado, y más tarde tendrá sus propias reglas, sus registros y matrículas, y acabará por asumir una compañía de jóvenes establecida en los primeros tiempos de la Congregación y por fundirse con ella, con el mismo nombre. Hacia el fin del siglo parece casi el Oratorio pequeño, llamado después “secular”, quisiese tomar una cierta autonomía a semejanza de una confraternidad; pero las Constituciones, para impedir cualquier problema, confirmarían con toda firmeza la autoridad de la Congregación sobre él.

No obstante su crecimiento autónomo, o casi, y su evolución tendencialmente laica, el Oratorio pequeño permanecerá como parte integrante y fundamental de la institución filipina; en un cierto sentido se le deberá considerar como un apéndice secular de la misma Congregación, tanto así que las Constituciones oratorianas lo designarán como el Oratorio por excelencia, presentado en el primer capítulo como práctica esencial y cualificada del instituto, mientras que el Oratorio grande viene nombrado sólo como el conjunto de sermones familiares. Poco más tarde, a la frecuentación de las prácticas vespertinas estarían obligados no sólo los hermanos del Oratorio, los externos, sino también los “nuestros”, es decir, los miembros de la Congregación. Las mismas Constituciones del 1612 traen en el apéndice final el texto clásico, antiguo, de los ejercicios propios del Oratorio pequeño. Conviene aquí hacer notar que este brazo del Oratorio, desde el principio y por muchos decenios aún, presenta una fisonomía del todo peculiar que lo hace difícilmente clasificable. Además de no haber intervenido nunca la erección canónica – cosa rara en un tiempo en el que para aún la más modesta iniciativa se recorría a un recurso notarial, y para cualquier iniciativa religiosa se le postulaba la confirmación con un breve o una bula- y a no haber tenido, el Oratorio, un estatuto al igual que confraternidades contemporáneas, sólo más tarde se proveyó de un elenco, pero sólo de los oficiales. Definitivamente el Oratorio pequeño no pretendía ser una compañía ni una asociación orgánica ni mucho menos una “comunidad”. Aun cuando, algunos decenios más tarde, se intentará el primer ordenamiento del cual se ha dicho, con alguna norma codificada, no se dejará incluso entonces de llamar con claridad al compromiso de mantener inalterado el espíritu de libertad que distinguía desde un inicio el Oratorio: “…se advierta quien lea, que todas estas cosas se hacen voluntariamente sin obligación para nadie, pues esta no es una compañía, sino que cada quien puede ir y venir libremente, e estas normas se han escrito solamente para evitar la confusión”.

En resumen, las reuniones oratorianas esenciales, que tuvieron ya una estabilidad durante el primer decenio en San Jerónimo, se pueden distinguir del siguiente modo: a) El Oratorio grande, público, es para un auditorio indistinto (desde el principio fueron excluidas las mujeres), y consiste en las jornadas vespertinas de dos horas complexivamente en los días feriales  (excepto el sábado); en los días festivos el tiempo es más reducido, porque en el período entre la primavera y el otoño se realizan las reuniones  al abierto o en los atrios de las iglesias y monasterios; b) el Oratorio pequeño tiene sus reuniones en la tarde de los días feriados, excepto el sábado; los miembros se vuelven a encontrar el domingo por la mañana para distribuirse los encargos de visitar a los hospitales. Los que lo frecuentan son personas conocidas, generalmente hijos espirituales del Padre y, aunque sin una matrícula formal, tienen a constituir un grupo bien identificado.

Diferentes por su estructura y programa, los dos oratorios tienen una función relativa al diferente pública al cual se ordenan, y por lo tanto les rigen diferentes criterios didáctico-formativos. Queda claro sin embargo que en la mente de sus promotores -Felipe y sus hijos espirituales- ambas prácticas se integran entre sí, están conectadas entre sí y entre sí son complementarias, y las dos, juntas o consideradas a parte, constituyen la genuina institución del Oratorio filipino. La finalidad es una sola, como son iguales para entrambas la ramas el espíritu informador, el método y la praxis normativa. Única sobre todo la fuente de la cual brotan: el corazón inflamado de Padre Felipe.

EL ORATORIO GRANDE

Sin duda, de las dos formas de practicar el Oratorio, la del Oratorio grande es la de mayor popularidad.

Tarugi hace referencia al Oratorio grande, afirmando que el principal ejercicio suyo (de la Congregación) es el de hacer diariamente el oratorio, que consiste en un ejercicio del cual, ha tomado el nombre por su peculiar forma”. Precisamente el ejercicio de “tratar cada día la palabra de Dios en un modo familiar”. Y he aquí el modo como se realizaba el ministerio de la palabra en la reunión oratoriana: “al principio se lee por poco tiempo algún libro devoto….hasta que se reunía ya un grupo de al menos unas quince o veinte personas…el método dialógico o en forma de diálogo que caracterizaba desde su nacimiento la primera experiencia oratoriana en el grupo de la recámara no era posible ya en el Oratorio grande. Los varios sermones (hasta tres) sobre temas diversos, las laudes, la música, las preces, la oración…

EL ORATORIO PEQUEÑO

El Oratorio pequeño, como práctica distinta del Oratorio grande, Tarugi dice que de este ejercicio el principal servicio de la Congregación consiste en atender el Oratorio cotidiano, entendido como trato de la palabra de Dios según el modo descrito.

El Oratorio pequeño se trata de un grupo restringido de los más cercanos entre los que habían estado en el Oratorio grande. Su estructura se componía de la oración mental y de letanías de los santos, de las preces, las antiguas oraciones clásicas, en algunos días se tenía la disciplina, luego hacían los hermanos las obras de caridad en los hospitales.

palabra-de-diosEL EJERCICIO DE LA PALABRA

Entre los más antiguos testigos existe la convicción de que el Oratorio nació justamente del encuentro con la necesidad viva de la genuina palabra de Dios, por parte de almas dispuestas, con un correspondiente celo en almas generosas y preparadas en el administrarla cada día en el modo más eficaz.

Para Felipe, más aún, el gusto por la palabra de Dios es el signo de estar en su gracia.

El ejercicio del Oratorio, escribía Tarugi al Cardenal Borromeo, “consiste en tratar cada día la palabra de Dios en modo familiar, manteniendo sin embargo la debida dignidad.

Idéntica a la anterior, es la afirmación de otros: “El instituto del oratorio principalmente consiste en tratar cotidianamente la palabra de Dios en modo fácil, familiar y fructuoso, diferente del modo y del estilo de las prédicas”. Mas aún se afirma sin dudar que el beato Padre “por propio y particular ejercicio de nuestro instituto, que los distingue de los otros institutos, eligió la palabra de Dios”.

La originalidad de la iniciativa está principalmente en el modo singular con que la palabra divina es distribuida, “cotidianamente y familiarmente tratada”. Familiaridad y inmediatez representadas hasta del simple hábito clerical, sin cota, y desde el lugar del sermón, “desde una silla, y no desde el púlpito”. La periodicidad cotidiana del ejercicio da la posibilidad de establecer con el auditorio, o al menos con una parte de él, relaciones bien cercanas sin interrupciones: una especie de continua guía espiritual.

A un auditorio tan fiel y asiduo era fácil al predicador dirigirse con palabra familiar, libre de pretensiones retóricas, ajena a la costumbre barroca y a los exabruptos dialécticos de la corriente oratoria sacra. La eficacia del método era entonces correspondida por los resultados felices de larga experiencia. “Hablar al corazón” era la norma directriz y distintiva del Oratorio, donde, como reconocía Borromeo: “se busca más mover y encender la voluntad y el afecto de la cosas espirituales, que a nutrir el intelecto con las ciencias y doctrinas”.

El modo de hablar en el Oratorio, dice Talpa, es “diferente del modo y del estilo de las prédicas”. Se afirma, además, que “de ningún modo pueden tales razonamientos llamarse prédicas, puesto que ni se tocan las campanas, ni se hacen en el púlpito ni versan sobre asuntos escolásticos, ni son dados por laicos sin la presencia de sacerdotes buenos e instruidos: sino que más que nada deben ser hechas exhortaciones y fervores más afectivos que intelectuales”.

Años más tarde, Pateri, un autorizado filipense, recordará que “el estilo del Oratorio antiguo estaba en el rechazar “todo aparato y tenor de prédica en las exageraciones y manotazos, pues la experiencia ha enseñado que se logra mayor fruto con los razonamientos familiares como por el modo de exponerlos, llenos de la doctrina de los Padres y de la Escritura, y dejando las exclamaciones y las disputas para los predicadores y las cátedras”.

El estilo afectivo y familiar del “razonamiento” oratoriano sólo en apariencia podría parecer de fácil aplicación. En efecto exige en quien habla una segura capacidad de improvisación, una buena dicción, un hablar fluido y una continua atención para no caer en lo banal, o más aún, en lo grotesco o chusco. Tales características no las poseían todos ni en los tiempos mismos de Felipe; más aún, se ha de decir que en la distribución del trabajo entre los miembros, resulta que no todos son ocupados en los razonamientos; más aún algunos, aún sobresalientes, parece que muy pocas veces realizaban ese ministerio. De donde no causa sorpresa que no siempre y ni en todas partes el sistema haya logrado el éxito de los primeros tiempos.

El tal método de improvisación, justamente por depender de especiales actitudes y talentos, y que exigía “hombres muy versados, en modo que puedan hablar sobre cualquier materia”, llevaba en sí las razones de su precariedad. En efecto, el tal método tuvo suceso sólo en los lugares donde había hombres particularmente dotados, como Tarugi y pocos de la primera o segunda generación. Estando aún Felipe en vida, ese método amenazaba con desaparecer, y no sólo fuera de Roma (es decir, en las Congregaciones fundadas viviente aún Felipe), para ser luego retomado cuando aparecían en escena individuos de reconocida capacidad.

Había ya sido superado el primer decenio del nacimiento de la Congregación, cuando, en el diciembre de 1588, le fue referido al padre Felipe que en Nápoles el Tarugi y Juvenal Ancina habían “discurrido sobre el libro (texto sagrado) familiarmente”, y hasta les pareció a todos “ver de nuevo el Oratorio en aquella pureza de simplicidad que solía tener en San Jerónimo”. Volvía, pues, a revivirse el uso de un tiempo lejano, “cuando, in spiritu et veritate et simplicitgate cordis se discurría, dando lugar al Espíritu Santo para que infundiese sus virtudes en boca de quien hablaba, de modo simple y familiar y no en los estilos escolásticos y académicos en boga.

Para Felipe y sus más cercanos no había punto de comparación entre los frutos de conversiones conseguidas con el antiguo método de la simplicidad y de la improvisación familiar y aquellos asumidos después, como fatalmente. Y por lo tanto, el sistema originario, no obstante todo, no había perdido nada de su validez y valía la pena que individuos capaces lo usaran. “Qué se requiere? Fuego, fe y fierro: fuego para encender el corazón de quien discurre, fe para esperar que quien daba el espíritu entonces lo daría también ahora en el presente, fierro para cortar la voluntad propia y establecer en la santa obediencia de quien años y años nos ha guiado, y se digne el Señor que nos guíe aún por años y años, in unitate Spiritus Santi. Amen.

Nota bibliográfica de referencia de donde fue tomado el contenido expuesto:

CISTELLINI ANTONIO, San Filippo Neri. L’Oratorio e la Congregazione oratoriana. Storia e spiritualità. Vol. Primo, Morcelliana, 1989, pp. 47-116.

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A MODO DE RETENCION MENTAL:

  • El Oratorio nace del corazón inflamado del P. Felipe Neri, como un medio, un instrumento inspirado por el Espíritu y que encuentra su correspondencia en el celo apostólico del padre Felipe.
  • Inicialmente el Oratorio embrionario fue tuvo su origen “de hecho” en lo que conocemos como el “Oratorio” pequeño.
  • El “Oratorio” grande puede bien entenderse como un fruto salido del árbol maduro de esos encuentros cotidianos del Padre con un grupo reducido y selecto de hijos espirituales.
  • El Oratorio, que inicia con la persona del Padre Felipe, quien es su alma y su motor y guía espiritual, con el tiempo se convierte en la función primordial de la Congregación del Oratorio.
  • Existe una clara identidad y una distinción bien definida entre el “Oratorio” (sea el pequeño o el grande) con la Congregación.
  • Aunque en algún momento el Oratorio (pequeño) tendió a una cierta forma de autonomía o de existencia “a sé”, nunca llegó a tener una existencia jurídica, una naturaleza de institución oficialmente reconocida por algún decreto o bula.
  • El Oratorio históricamente siempre ha dependido de la Congregación, y no ha funcionado al margen de ésta.
  • El Oratorio desde sus mismos orígenes finalísticos era y ha sido de carácter eminentemente religioso-espiritual.
  • Las obras de apostolado que realizaban los hijos espirituales del P. Felipe asiduos al Oratorio, eran consecuencia, fruto maduro, expresión y exigencia de coherencia cristiana.
  • Si tuviéramos que hablar de un apostolado explícitamente perteneciente a la Congregación, que justifique y explique su existencia y función apostólica propia, tendríamos que pronunciar: El Oratorio.
  • No siempre se ha dado (ya en los años avanzados, pero aún estando en vida el Padre Felipe sucedió) en la práctica por parte de las Congregaciones la atención y realidad del Oratorio.
  • Por las exigencias, por la naturaleza y por el espíritu y preparación que requiere esa obra del Apostolado de la Congregación, ha habido tiempos (más cortos o más largos) de ausencia del Oratorio en el apostolado de las Congregaciones.
  • A la pregunta que en el pasado Congreso Internacional pone a consideración y reflexión exigente el P. Paco De Llanos, de “Oratorio sin Congregación”, “Congregación sin Oratorio”, estamos en posibilidad de responder: La Congregación nació para atender directa e inmediatamente el Oratorio; entre una y otra existe una relación casi simbiótica; existe al mismo tiempo una clara diferenciación e identidad por naturaleza y fines entre ambas; históricamente hubo intentos de una existencia “autónoma” del Oratorio respecto de la Congregación, pero fue superado ese intento; El Oratorio es a la Congregación como ésta lo es para aquél (se requieren mutuamente); en la práctica habrá habido y lo habrá actualmente, Congregaciones sin ese apostolado específico del Oratorio, en su forma, estructura y características originarias, lo que nos lleva a replantearnos seriamente el asunto respecto de la fidelidad a la intuición e intención que el P. Felipe intuyó, realizó y heredó y encargó a la Congregación.
  • Nuestras Congregaciones han tenido, tienen y seguirán teniendo innumerables, variadas y loables obras apostólicas, sin embargo, aunque todas ellas estén inspiradas en el celo pastoral heredado de la espiritualidad de nuestro Santo Padre Felipe Neri, no pueden llamarse (por lo menos históricamente) propiamente “Oratorio”. Por analogía, por parentesco, por extensión de la acepción del término Oratorio (como ya sucedió en los tiempos más antiguos), muchas obras piadosas, de caridad, de beneficencia, educativas,…podríamos llamar con el nombre de “Oratorio” a obras las más variadas de la Congregación, y es válido porque esas participan de la espiritualidad, expresan algún rasgo espiritual específico de nuestro carisma, sin embargo, el Oratorio estricta y explícitamente dicho, ha quedado bien expuesto en esta presentación.
  • Para que el Oratorio sea una realidad bien concreta en su fisonomía, en su forma, en su práctica, en sus características y en su realidad concreta como apostolado privilegiado de nuestras Congregaciones: ¿tendremos que esperar a que surjan por obra del Espíritu esos sacerdotes que le den vida? ¿Desde la Federación y desde cada Congregación en particular, podremos encontrar caminos viables para que el Oratorio sea una realidad presente?

P. Ramón Martínez Cardoso c.o.

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