El Congregante Agregado, Madurez y Formación Integral

INTRODUCCION

La madurez humana no consiste sólo en especializaciones o títulos académicos, experiencias múltiples, conocimientos especializados, diplomas acumulados, libros leídos… -aunque conviene aceptar que los estudios son medios muy idóneos para adquirir madurez humana, y una actitud de menosprecio, de apatía o de flojera por el estudio formal y por el estudio informal pueden ser en parte, manifestación, causa y consecuencia de una pobre personalidad en el individuo- sino en la formación equilibrada de las siete dimensiones de la persona (física, psíquico-emocional, social, intelectual, volitiva, ética y espiritual), y en toda una filosofía (cosmovisión de la inteligencia) de la vida que se caracteriza por armonizar el ser con el hacer y el tener, los conocimientos con las actitudes y conductas.

En este escrito, quisiera ofrecer a los miembros agregados de cada Congregación –y a los Estudiantes que están en cualquiera de las etapas formativas- algunas líneas sobre la Madurez y Formación integral que, visto desde la ciencia formadora de líderes, presentan y describen los rasgos, el perfil, las características para ser personas que en cualquier ámbito del quehacer humano –en este caso la vida y quehacer dentro de cada Congregación y en el ministerio de la Evangelización y del Sacerdocio ministerial- posean las mayores posibilidades de un exitoso y bien logrado suceso, eficiencia, frutos.

Se trata de que los miembros agregados, por razón de la vida al interior de la Congregación a la que pertenece, y del papel y rol vocacional de pastores, estamos invitados -y hasta obligados por razón de nuestra vocación y servicio pastoral- a adquirir personalidades las más sanas y maduras para saber relacionarnos mejor entre nosotros, y para imprimir a nuestra labor pastoral una mayor riqueza como verdaderos profesionales en nuestra actividad.

El Magisterio de la Iglesia y las distintas instancias eclesiales que tratan de la Formación inicial y de la Formación permanente del clero –incluidos los consagrados y consagradas laicos- constantemente nos están trayendo a nuestra consideración que la Iglesia requiere de sus agentes de evangelización y de sus pastores de almas, personas, individuos bien desarrollados en esas siete áreas que son las misma que las escuelas de liderazgo presentan a todo aquel que quiera y pretenda desarrollarse bien como persona y como líder en algún campo del quehacer humano.

Nosotros no estamos exentos de esas exigencias, que para nosotros no son opcionales, sino naturalmente y directamente obligatorias, en razón de lo que somos y hacemos.

MADUREZ PSIQUICA

Esta es un área humana que fue bastante dada por descontada en la formación de los actuales  miembros agregados. Se daba por hecho que al paso que se avanzaba en los estudios seminarísticos también se desarrollaría satisfactoriamente la personalidad psíquica, y procurando ser honestos, la realidad cotidiana de la vida interna, de las relaciones interpersonales, de las actitudes individuales ante los demás y ante el ministerio, tiene sus bemoles, sus carencias, sus limitaciones más allá de lo que sería admisible.

El congregante y sacerdote oratoriano está llamado a ser una persona, un individuo, un sujeto maduro psíquica y emocionalmente. Esto significaría que sabe mantener el equilibrio emocional frente a los estímulos del ambiente (los hermanos y el trabajo) y porque demuestra un dominio prudente y cotidiano sobre las emociones, reflejos, pasiones, afectividad, sentimientos, humor, instintos, imaginación, memoria, carácter, temperamento, inconsciente…Significaría también que posee la capacidad de dominar sus impulsos y tensiones (no de reprimirlas envenenándose a sí mismo en su salud emocional). Significaría también que sabe superar las propias frustraciones (afectivas, sociales, académicas, laborales…) y sacar estímulos y enseñanza de los fracasos. Significaría también que calibra justamente las fallas, sin falsas disculpas y sin llegar a exageraciones, neurosis y complejos de culpabilidad. Significaría, que es capaz de establecer relaciones afectivas –al interno y al externo de la vida común- equilibradas y sanas con hombres y con mujeres y de mantener un trato social equilibrado con los demás, dominando el retraimiento, la desconfianza o la cautela exagerada.

En un miembro de la Congregación, madurez emocional significaría la habilidad de controlar la ira y resolver las discrepancias, sin violencia y sin destrucción, sin sarcasmos y sin ataques –ya sean manifiestos o subliminales-.

Decir que en una Congregación sus miembros son psíquicamente maduros significaría que tienen la capacidad de encarar los disgustos y frustraciones, incomodidades y derrotas sin quejas ni abatimientos.

congregantes

MADUREZ INTELECTUAL

Madurez intelectual no consiste, para un congregante agregado, simplemente en el volumen grande o pequeño de conocimientos o ciencia que pueda poseer, sino en la madurez de juicio y en la capacidad para juzgar con objetividad las personas y los acontecimientos. Hay personas muy brillantes en conceptos y matemáticas o finanzas, pero que se vuelven ciegos, insensibles y despreocupados ante los problemas personales, sociales o familiares, hablando de la sociedad en general. Hay personas que creen tener una grande ciencia o conocimientos, pero incapaces de relacionarse agradablemente con los demás, y manifiesta agrio menosprecio por el estudio y la preparación cultural; personas que siempre tienen quejas contra los que exponen algún concepto, pero que a su vez son egoístas con lo que dicen saber.

La madurez intelectual consiste más bien en la capacidad de pensar, de reflexionar, razonar, de ser objetivo, de descubrir la verdad frente a la mentira, de percibir la justicia frente a la injusticia, del bien frente al mal, lo correcto frente a lo incorrecto de nuestro comportamiento y del de los demás. Supone tener establecida y ordenada una escala de valores. La madurez intelectual no puede separarse totalmente del desarrollo emocional, intelectual y moral.

Manifestación de esta madurez es tener criterios prácticos sobre la vida y ser realista con un sentido exacto de las cosas. Saber discernir lo bueno de lo malo; lo agradable de lo inconveniente; capaz de entregarse y servir. La capacidad de comprensión sobre las personas y de reflexión y observación para emitir juicios prácticos sobre las situaciones y acontecimientos. Poseer una buena dosis de sentido común, de prudencia, sabiendo adaptarse a la realidad, para llevar la teoría a la práctica.

MADUREZ VOLITIVA

Maduro se llama al congregante que tiene un gran ideal y la fuerza de voluntad suficiente para tomar decisiones con responsabilidad, sabiendo integrar los instintos y las ideas con las realidades. Una vez que ha hecho una opción, vive en plenitud el estado de vida en la Congregación, renunciando a las opciones incompatibles con ese estado.

El congregante maduro cumple con los propios compromisos y obligaciones, mereciendo que los demás depositen en él su confianza. Es consecuente con su visión y valores. Sabe decidirse por sí mismo, luchando y superando el ambiente negativo y el qué dirán.

El congregante maduro lucha con tesón contra los obstáculos que se presenten en el camino elegido. Acepta los resultados de sus acciones y tiene sentido de responsabilidad. Sabe aceptar valientemente el sacrificio y el dominio de sí mismo. La comodidad, la pereza, el conformismo, la cobardía, el más o menos, el “ahí se va”, son enemigos declarados de la voluntad.

Madurez volitiva en el congregante significa hábitos, virtudes, paciencia. Es la voluntad de posponer el placer inmediato a favor de un beneficio de largo plazo: la conquista del propio ideal o visión.

Madurez volitiva, en el congregante, es perseverancia, es habilidad para sacar adelante un proyecto o una situación a pesar de fuerte oposición y retrocesos decepcionantes.

MADUREZ ETICA Y MORAL

Madurez ética y moral en un congregante, significaría saber distinguir entre el bien y el mal, y saber por qué y para qué conviene optar siempre por el primero. Significa tener bien educada la conciencia para preferir los valores a los antivalores y descubrirlos en los casos concretos y difíciles. La integridad ética en un congregante es una de las características más notables de la madurez personal. Ser un congregante íntegro supone la integración de las convicciones, normas y principios con los valores y conductas. Implica vivir en la verdad, fidelidad, justicia y equidad, respeto, lealtad, fidelidad en los valores prioritarios que guían sus acciones y vida entera, en vez de hacerlo por el prestigio, dinero, poder…Resulta imposible ser un buen congregante sin normas, valores o principios éticos.

MADUREZ SOCIAL Y PASTORAL

Madurez social y pastoral implica tener la capacidad de usar el poder y la autoridad para servir a los demás; buscar siempre  el mayor bien para todos mediante la formación y la capacitación y asegurarse de que quienes le rodean también se convierten en personas importantes en la Congregación y que merecen el mismo respeto y deferencia que pido para mí.

Madurez social y Pastoral en un nivel profesional, para el congregante significa mantener relaciones armoniosas, exitosas y constructivas con los demás; propiciar una excelente comunicación; dejar de ser dependiente e independiente para ser interdependiente. No maduramos negando o reprimiendo nuestros sentimientos de dependencia, sino aceptándolos, experimentándolos, para luego dejarlos atrás, aprendiendo a escuchar y a respetar nuestras señales internas; aprendiendo a pensar por nosotros mismos y a dejarnos guiar por nuestras propias conclusiones, pero habiendo escuchado y valorado las de los demás.

Madurez social y pastoral en un congregante comprende que el establecer buenas relaciones con los demás supone dar y recibir, consideración y respeto. No espera recompensa ni consideración alguna de los demás, y sabe agradecerlas cuando le son dirigidas. Gusta de estar acompañado, pero también es capaz de gozar de la soledad. Una soledad que no es antipatía por los otros, que no es aislamiento por complejos, que no es huida por propia comodinería.

El congregante maduro social y pastoralmente respeta a los demás y a sí mismo. Es tolerante, pero hace valer sus derechos. Es asertivo. Expresa sus sentimientos de forma constructiva, pero es sensible y respetuoso de los sentimientos de los demás. Se alegra del logro y con el éxito de los demás. Tiene sentido del humor consigo mismo  y con los que le rodean.

Madurez  entre nosotros  sería humildad en las relaciones con los demás, ser suficientemente grande para decir “me equivoqué”, y pedir perdón, y cuando se está en lo correcto, no pregonarlo a los cuatro vientos humillando a los demás.

El congregante maduro se consagra a su misión, a su cargo, a su oficio, a su tarea, hasta que la completa. Se entrega por entero, no en pedazos ni a medias. Conoce sus objetivos y trabaja por  ellos de modo autónomo. Sabe planear con anticipación. Acepta responsabilidades, toma decisiones y acepta los riesgos que implican. El congregante maduro no es aquél que se retrae, que se esconde en un silencio y aislamiento proteccionista, ni aquél que evita moverse para no tener que dar cuentas de sus iniciativas. Por lo contrario, el Congregante maduro es proactivo, no reactivo. No busca defectos ni pone “peros” en todo por costumbre y maña.

El congregante maduro no se preocupa, sino que se ocupa cuando es necesario. Domina sus impulsos, controla su carácter, reacciona serenamente ante lo imprevisto y ante las críticas. No es susceptible ni quisquilloso, sino que admite la crítica sin ofenderse y critica sin ofender.

El congregante maduro social y pastoralmente tiene la capacidad de tomar una decisión y de sostenerla. La planea y la ejecuta, resolviendo todos los problemas y conflictos que se pongan por enfrente. El congregante inmaduro pasa su vida explorando posibilidades para terminar no haciendo nada, porque no lo programa estratégicamente y mucho menos lo pone por obra. Hace poco o nada pero critica todo y a todos en todo lo que los demás hacen. Los congregantes inmaduros son los maestros de la excusa, son los confusos y desorganizados. Sus vidas son “negocios sin terminar”, y buenas intenciones que nunca se convierten en realidades.

Madurez pastoral de nivel profesional es el arte de cambiar lo que se puede y  debe cambiar y de vivir en paz en lo que no se puede cambiar. El congregante maduro social y pastoralmente es flexible y tiene capacidad suficiente para mostrar paciencia y amoldarse a las circunstancias. Es aquél que ha superado la etapa del “todo o nada”. Sabe perder, pero también sabe ganar.

MADUREZ RELIGIOSA

Esta es una dimensión o área de nuestra personalidad y de nuestra vida que nos pondría ante la tentación de saltarla, porque, dada nuestra preparación seminarística y camino ministerial querríamos darla por bien lograda y hasta por concluida y cerrada.

Sin embargo, digamos algunas cosas que pudieran sernos de alguna utilidad.

Madurez religiosa es aquélla en la que el individuo, consciente de su finitud física y moral, permite una presencia trascendente, para nosotros, divina. Es decir, la entrada a la búsqueda del encuentro con el Ser Supremo que es Dios Uno y Trino, que nos trasciende y supera, que nos ama, protege y salva. El Congregante maduro se relaciona con Dios mediante una fe instruida, una oración humilde y agradecida, sobretodo de adoración, una ascética esforzada y un compromiso moral. Mientras “orar” no signifique más que pedir se tiene sólo una oración infantil. El compromiso para trabajar por los derechos de Dios es el distintivo de la madurez religiosa, alegre y segura.

Madurez religiosa significa estar dispuesto a ser siempre mejor, a levantarse siempre que se cae, a recomponer el alma cada vez que se rompe en pedazos, a actuar en cada momento de la vida buscando la realización completa de nuestro ser, a actuar con responsabilidad frente a todos los compromisos y a vivir realizando la propia misión. El congregante maduro religiosamente tiene dominio y equilibrio en cada dimensión de su vida. Por eso es genuinamente feliz.

La madurez no se consigue en tiempo récord ni puede “cocerse” en hornos de microondas. Los congregantes maduran por áreas o facetas, en mayor o menor tiempo, según las capacidades y circunstancias de cada uno, y no armónicamente como la fruta. A veces avanzamos o retrocedemos en nuestro proceso de maduración. Y el descuido en un área afecta negativamente a las restantes. Pero todas hay que desarrollarlas con equilibrio, con tiempo y persistencia.

Lo que sí está claro, es que al congregante se le exige ser maduro. Esto es, íntegro, integrado e integral, con una educación total. Que se mueva por una visión trascendente y no sólo material o artificialmente humana, basada en principios sólidos, y que éstos sean los que dirijan su vida, sus relaciones con los demás y su ministerio. Se le exige que sea congruente, que lo que piense esté en relación directa con lo que hace y viceversa.

CONCLUSION

Imagínate que eres así –o imagínate lo que serías cuando lo logres-: Una persona, un congregante, un sacerdote íntegro, integrado e integral. Imagínate en tu puesto de responsabilidad o dirección (Prepósito, Rector, Párroco, Ecónomo, Formador, Confesor…) que proceda siempre de manera armónica, que sea congruente en su decir y en su hacer, en su ser y en su obrar precisamente porque estás formado en todas las dimensiones de tu persona (físico-biológica, psíquico-emocional, intelectual, volitiva, ética, religiosa, histórica y trascendente), y que con ellas te desenvuelvas en todas las áreas de tu vida. ¿Cómo concibes tu vida personal: serena y con dirección o desorientada y con tumbos? ¿Qué calidad de vida pastoral desarrollarás? ¿Acaso improductiva o por el contrario, llena de resultados y logros? ¿Y la vida comunitaria? ¿Habría tantos defectos en las relaciones interpersonales o prevalecería la concordia, el amor y la armonía? Un congregante íntegro e integral ¡Cuánto bien hace a una Congregación! Con muchos como él, ¡Cómo mejoraría la historia de su Congregación!

Lo mejor de esto es que no se trata de un ideal utópico e irrealizable. Este es un futuro que tenemos al alcance de nuestras manos. Más aún, es el horizonte al que estamos obligados cada uno, como persona, como congregante, como sacerdote.

Es tu proyecto personal, el de cada uno de nosotros individualmente, porque somos, pero no estamos ya definitivamente hechos. Ninguno de nosotros puede eludir este proyecto en lo personal e individual, ni podemos zafarnos, puesto que estamos “obligados”  a vivir la vida viviéndola y tendremos cada uno que rendir cuentas ante sí mismo y ante la comunidad. Más aún, la historia de la Congregación apreciará o menospreciará mi paso por ella dependiendo de como haya yo vivido como congregante y de cómo haya ejercido mis responsabilidades, cargos y oficios en ella.

Imagínate una Congregación con toda su gente así: “generales y ejército íntegros, integrados e integrales”. Imagínate al Prepósito y a los Rectores, al Párroco, al Vicario, a los colaboradores en cada una de sus Rectorías y Parroquias…ejerciendo el cargo y el ministerio con espíritu de servicio, facultando y motivando a su gente, creando un buen clima organizacional y una sólida cultura corporativa. Imagínate a los subordinados o empleados plenamente facultados y entrenados para decidir bien y resolver con oportunidad los problemas, maduros y responsables, aglutinados con un fuerte espíritu de equipo y con excelentes relaciones interpersonales. Imagínate al Prepósito así con los miembros de la Junta Particular y con los de la Congregación General; imagínate a cada Rector, al Párroco, en ese entendimiento con sus colaboradores –congregantes y empleados a su cargo…- Esa sí será una Congregación fuerte, porque sus integrantes todos son gente madura en las diferentes áreas arriba mencionadas. Será  –sería- una Congregación de primera fila en calidad de servicios, en calidez humana y cristiana y en la calidad de su atención a la comunidad cristiana. En todos los órdenes, una Congregación así, volará como águila en vez de dar el triste espectáculo de caminar como guajolote. Eso que se aplica a la Congregación conjuntamente, se aplica en su justa proporción a cada uno de sus integrantes.

Pues este horizonte está al alcance de toda Congregación. El secreto está en que comprendamos la necesidad de la formación y pongamos manos a la obra con un plan bien diseñado. Así hacen todas las instituciones que están en la cumbre. Así debemos actuar nosotros los que queremos eso de nuestras personas y de nuestra Congregación, de cada una de nuestras Rectorías y Parroquias.

Imagínate a tu Congregación con todos sus congregantes –los actuales y los de futuro- así: “íntegros, integrados e integrales”. Seguro que la verías como líder entre otras instituciones eclesiales en la calidad del trato con la gente, en la calidad y orden de las celebraciones litúrgicas, en el orden y limpieza de los espacios, en el entendimiento mutuo entre sus miembros.

En fin, la formación integral –que hemos de procurar por medio de la formación permanente para los actuales congregantes, y la formación inicial en los estudiantes- no es un lastre odioso. Tampoco un entretenimiento de lujo o un corsé de vanidad. La formación integral es el requisito indispensable para la creación y la supervivencia de una Congregación real y verdaderamente fuerte, sana y duradera en el tiempo.

Ofrezco este escrito con la mayor fuerza de intención de que será leído, de que leyéndolo atentamente será útil, de que con una lectura atenta y útil nos llevará a la reflexión personal, a la auto-evaluación y a reforzar las áreas saludables así como a sanar y rescatarnos de las áreas más empobrecidas y desarticuladas de nuestra vida personal, de nuestra relación interna y de nuestro servicio pastoral.

Con sincero afecto y esperanza.

R.P. Ramón Martínez Cardoso c.o.

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